Juicios

Lo nuestro (solo) es …


En cierta ocasión formé parte, junto con otros abogados, jueces y secretarios, del tribunal constituido en nuestro Colegio de Abogados para evaluar a quienes realizaban la llamada prueba CAP (Certificado de Aptitud Profesional) de la Abogacía. La prueba en cuestión consistía en presentar oralmente un informe final de un caso ante el tribunal, tribunal que fingidamente era de justicia pero que en realidad era examinador. Algunos de los aspirantes realizaron ese informe exponiendo de manera rápida y exhaustiva, con pausas apenas para coger aire, los argumentos de defensa y su fundamentación jurídica. Pero sin asomo alguno de arte oratoria, sino tal y como si estuvieran «cantando» de manera monocorde un tema de las oposiciones a judicatura. Cuando estos alumnos acababan la prueba, invariablemente los jueces de nuestro tribunal se deshacían en elogios hacia ellos y proponían las máximas calificaciones. Los abogados nos limitábamos a mirarnos, entre sorprendidos, escépticos y resignados.

Mi primera impresión fue que estos alumnos, tan conocedores del Derecho como aparentemente faltos de retórica, no deberían ser quienes tuvieran las mejores notas en esta prueba. Pero, pensándolo bien, quizás su actuación fuera la más correcta, porque era una prueba donde uno tiene que mostrar al tribunal (que es meramente evaluador) lo que sabe. Y, yendo un poco más allá, todavía fuera más efectiva si cabe en este concreto caso, cuando el tribunal lo conformaban también antiguos opositores que examinan siguiendo, consciente o inconscientemente, los parámetros de su oposición superada. Así que, lo que en principio parecía fuera de lugar, podía acabar siendo lo más adecuado, dadas las circunstancias y la composición del tribunal.

Al final, esta cavilación sobre objetivos aparentes y verdaderos me llevó a plantearme  una pequeña reflexión, cuestionadora de nuestra auténtica meta cuando realizamos actuaciones como abogados en las vistas orales reales. Porque, ¿cuál es la finalidad esencial de nuestros alegatos?

Desde luego, no lo es demostrar lo mucho que sabemos, puesto que los juicios, los de verdad, no son reválidas ni exámenes. Tampoco lo es la consecución de la justicia absoluta, porque no somos imparciales, sino defensores de la justicia de una parte. Ni por supuesto ser brillantes en la oratoria, como si estuviéramos en un concurso de debates; o incluso que el cliente quede satisfecho con nuestro discurso.

Creo que lo nuestro es convencer. Convencer a una persona, el Juez, para que le dé la razón a nuestro cliente. Esa es la meta final y única de toda nuestra actuación en el proceso.

Por supuesto que a este objetivo de convencer nunca llegaremos sin tener previamente un conocimiento exhaustivo del caso, del Derecho y de la técnica jurídica. En los juicios no somos vendedores, ni, con permiso de nuestros compañeros del marketing jurídico, meros publicitarios de nuestra marca. Somos juristas. O, cuando menos, técnicos del Derecho.

Pero que podamos lograr convencer al juzgador, el cual habitualmente es una sola persona, requiere, fundamentalmente, que conozcamos la psicología de ese juez en particular. Si es más o menos garantista, si escucha con atención o tiende a distraerse, si huye de las dificultades o, por el contrario, le apasionan los retos, si es de lo que toman notas o de los que hacen dibujitos, si valora especialmente los aspectos humanos del caso…

Y además, nuestra meta nos va a demandar flexibilidad para adaptar nuestra actuación a cualquier circunstancia: lo temprano o tardío de la hora del juicio, el cansancio de su señoría, la mayor o menor oposición de los contrarios, etc. Incluso, por qué no, en algún caso esa conveniente flexibilidad nos puede llevar a la aplicación de las insólitas artes de aquel hipopótamo del chiste heideggeriano, si fuera menester.

¡Eso sí que es estilo!

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